Diego Rudoy

Lo que voy a contarles es quien soy en esta vida.

Cuando era niño sentía muy firmemente a las demás personas como si sus sentimientos fueran los míos. Grandes dolores físicos aparecían de la nada: sensaciones de elementos punzantes entrando en mí o terribles dolores de cabeza que podía deshacer en cuestión de segundos imaginando que los rodeaba con mis manos hasta poder contenerlos y, dentro de ellas, el dolor disminuía hasta desaparecer. Algo que me resultaba natural y hoy es una gran herramienta, es que podía ver lugares a los que nunca había ido y personas a las que no conocía con tan solo escuchar el relato vívido y con gran caudal emocional de los sucesos de las vidas de las personas con las que conversaba. Además, desde muy joven me ha resultado sencillo interpretar los sueños, como si ellos fueran símbolos que hablan de las personas.

Con el tiempo, descubrí que estas capacidades tienen que ver con una habilidad humana llamada empatía y que ella me permitía conectarme profundamente con las emociones de las personas. Eventualmente, fui descubriendo que dentro de una emoción existe una gran cantidad de información que se encuentra disponible para todos: si una imagen vale más que mil palabras, entonces una emoción vale más que un millón de imágenes.

A los ocho años comencé la práctica de artes marciales, ellas me ayudaron a potenciar un gran poder dentro de mí. Mal guiado por un maestro descubrí cuan perjudicial para otros y para uno mismo es ser manipulado por nuestras emociones. Mi búsqueda de justicia y el rechazo que me generaba ver cómo alguien más fuerte se abusaba del débil, y un temor a ser víctima de esto o incluso a ejercer abusivamente algún poder, me llevó a intentar eliminar de mí la sensación de inseguridad en todo lo que a mis objetivos se refiere. En las artes marciales me descubrí afrontando la sensación del dolor físico y trascendiéndolo por la creencia de que soy más que mis dolores. Dentro del recinto descubrí que tenía la habilidad de captar la adrenalina emitida por mis oponentes. Cuando me preparaba para comenzar una pelea percibía millones de pinchazos como de agujas muy finitas en toda mi mandíbula y, al momento de enfrentar al adversario, esos pinchazos se concentraban en mi nariz por dentro y por fuera, volviéndose una sensación muy desagradable. Al principio, creí que esa sensación estaba relacionada con mis propios miedos; sin embargo, pude comprobar que sentía estas sensaciones frente a un adversario incluso en momentos en los que me hallaba muy calmo, lo que me demostró que lo que yo percibía en estos casos provenía de mis rivales. 

Largas charlas acerca de la vida con mi maestro en las que me describía distintas situaciones, me permitieron adquirir el conocimiento emocional acerca de las mismas como si hubiese sido yo, y no mi maestro, el protagonista. Podía recurrir a ese conocimiento o postura emocional buscando en mi mente como si fuese un archivo. Producto de esta experiencia comencé a intuir que ese movimiento es un fenómeno constitutivo de los procesos de aprendizaje y desarrollo de la inteligencia emocional del ser humano. Esto también me llevó a distanciarme de mis maestros ya que comencé a sentir en mi interior la fuerte necesidad de plasmar una situación más igualitaria de aprendizaje. Creía que cualquiera podía aprender lo que yo sabía por el simple hecho de transmitirlo practica y empáticamente y pude comprobarlo con el desarrollo de mis propios alumnos. Allí todo comenzó a aumentar exponencialmente; las herramientas que poseía dentro de un recinto comenzaron a manifestarse en mi vida cotidiana, hasta el punto en que creí volverme loco por la cantidad de información que percibía. De hecho, recurrí a varios psicólogos de mi confianza, a quienes les expliqué mi situación. Algunos no sabían qué decirme, otros atribuían esto a un campo más allá de su conocimiento, pero todos estaban de acuerdo en algo: si creía estar loco, estaba equivocado.

Mis percepciones iban desde sentir campos energéticos, hasta saber qué sentía una persona con sólo mirarla a los ojos durante un instante. Mi imaginación era muy activa y mi baja auto estima sumada a los temores en mi entorno, me hacían dudar de lo que veía y sentía. Uno de los más sorprendidos de mis interlocutores era un instructor de artes marciales, al que le contaba lo que veía. El creía que yo era una persona con capacidades telepáticas por lo que me entreno para desarrollarlas; pero con el tiempo descubrí que mi capacidad radicaba en las emociones y no en la mente. Una persona con habilidades telepáticas utiliza su mente para invadir la del prójimo y ver lo que desea; este no era mi caso. Yo solo podía ver cosas y sentir emociones ajenas si mi interlocutor expresaba alguna emoción en su relato, y con el tiempo solo una emoción me bastaba para percibir. En la mayoría de las personas con un trabajo profundo de auto conocimiento las capacidades empáticas comienzan a volverse conscientes y a potenciarse. Todas las personas son capaces de comunicarse empáticamente con todos y con todo; lo que sucede es que la mala relación que tenemos con nuestras emociones distorsiona nuestros sentimientos, nos corre de eje y nos confunde.

Cuando trabajo con pacientes y empatizo con ellos, comienzo a sentir sus emociones; mientras que él o ella me cuenta lo que le perturba en el presente yo percibo relaciones entre el presente, el pasado y sus chakras, pues la más mínima emoción manifestada por el paciente es un código sensorial que me permite sentir bloqueos energéticos en sus chakras. A medida que voy guiando al paciente a través de recuerdos, pensamientos, personas, estas trabas aumentan hasta que puede él mismo percibirlas y, en ese momento, le pido que me permita extraer esa energía dejando intacto el recuerdo y eliminando la manipulación emocional energética o vibracional asociada a él. Para mí es sólo energía, pues no posee carga emocional alguna. Sin embargo, al comenzar a desarrollar esta técnica, esa energía revivía mis propias emociones, las que debí limpiar para aumentar mi caudal energético y mi conexión con el otro.

Imaginemos que uno es como un canal de algo que fluye constantemente, pero que disminuye por diversas obstrucciones en su recorrido. Estas obstrucciones, son las emociones con las que nos identificamos, y tuve que ser el primero en limpiarlas para poder canalizar las de los demás.

Hay angustias de la historia de una persona que la llevan a desarrollar mecanismos negativos y, en consecuencia, dolores físicos o enfermedades. En relación a esto, descubrí que puedo retroceder en el tiempo emocional de una persona y desactivar esos mecanismos siempre y cuando el paciente me lo permita. No todas las personas lo eligen, y esto sucede por su fuerte identificación con todos los sucesos de su vida, por más que estos la lleven al padecimiento, el dolor o la enfermedad, y su posterior deceso prematuro. Este trabajo de desactivación de la identificación con el pasado es uno de los momentos fundamentales en el camino hacia el salto cuántico en las personas.

Parte de lo que percibo son emanaciones de todas las personas ya sean  conscientes o no de ellas. Esas emanaciones contienen no sólo información acerca de la persona que la emite, sino también de todo un conjunto de personas que participan en mayor o menor medida de sus vidas. Entonces, si todos emiten y yo encuentro en mí la capacidad de recibir, es sólo natural que todos tengamos esa capacidad. El punto es que hablando de mis percepciones en relación a toda esa información, puedo estar hablando de las de ustedes, tal vez dormidas o activas y en contra de su equilibrio emocional, sin embargo allí están y deben despertar.

Nuestras capacidades están allí latentes, escondidas en la oscuridad del pensamiento racional para el que fuimos entrenados y que nos conduce, sistemáticamente, a no confiar en nosotros mismos. Con tantas dudas internas, no confiamos en lo que percibimos, y lo hacemos aún menos cuando al hacer preguntas a los demás para confirmar nuestras percepciones, ellos  niegan lo que manifestamos con tal de esconder sus sentimientos o ideas. Por estas razones, si realmente deseamos conectarnos con nuestras capacidades y percepciones, es necesario desconectar al ego y confiar profundamente en nosotros mismos. Luego, debemos saber y aceptar que somos canales de algo mucho más grande que nosotros mismos y que sólo si actuamos aceptando el equilibrio universal, elevaremos nuestras vibraciones para que se manifieste lo que somos. Por último, tenemos que saber aceptar y creer que esto que poseemos es un instrumento para concretar una vida en armonía y equilibrio con la naturaleza, los demás hombres y todas las fuerzas del universo; para poder vivir en armonía y felicidad por el sólo hecho de ser uno con todo lo que nos rodea.

Hay una frase en el Evangelio según San Mateo que dice “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino la espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre […].” (Mateo 10, 34. 11,1) Este mensaje me ha convocado a revisar los parámetros sociales que creía míos y que poca felicidad me han reportado, para desarrollar una forma de ver la vida y de plasmarla y dirigirme hacia un estadio de convivencia social poco aceptado por los paradigmas de este tiempo pero que, sin rodeos, me causa mucha felicidad.

 

Diego